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Shade
                


Dirección y guión: Damian Nieman.
País:
USA.
Año: 2003.
Duración: 101 min.
Interpretación: Sylvester Stallone (Stevens), Melanie Griffith (Eve), Gabriel Byrne (Charlie Miller), Hal Holbrook (El profesor), Thandie Newton (Tiffany), Stuart Townsend (Vernon), Dina Merrill (Dina), Bo Hopkins (Scarne), Jamie Foxx (Larry Jennings), Patrick Bauchau (Malini), Roger G. Smith (Marlo).
Producción: Ted Hartley, Merv Griffin, David M. Schnepp y Christopher B. Hammond.
Música: Christopher Young.
Fotografía:
Tony Richmond.
Montaje: Jeff Gullo y Scott Conrad.
Diseño de producción: Gregory Van Horn.
Dirección artística: Nicole Gorg.
Vestuario: Susanna Puisto.

Sinopsis:

En el mundo de los jugadores de cartas, la mayoría hace trampas, confabulándose con otros jugadores y utilizando toda serie de artilugios mecánicos. Reunidos en sombríos clubs y bares clandestinos de Los Angeles, el engaño y la astucia son las únicas reglas en un juego en el que nada es lo que parece.

En “Shade, la sombra del juego” conviene tener los ojos abiertos y los sentidos alertas. No sólo los que se sientan frente al tapete, sino también ese convidado de piedra que es el espectador, que puede llegar a resultar el máximo objeto de engaño.

Charlie Millar (Byrne), se encuntra a través de la sexy Tiffany (Newton) con el Larry Jennings (Foxx) para proponerle un fácil desfalco. De él participará también Vernon (el británico Stuart Townsend), que aprendió todas sus técnicas de un gran ilusionista, ni mas ni menos que el Profesor Dai Vernon (Hal Holbrook) en el Castillo mágico.

En ese juego hay una primera sorpresa y un primer perdedor. Pero la cosa se complica, ya que los 80 mil verdes que aquél perdió en la mesa pertenecían a un mafioso, y éste se los querrá cobrar al que se los quedó.

Al mismo tiempo, surge la posibilidad de jugar uno de esos “partidos del siglo” que representan la culminación de toda película del género. Y que aquí tiene, de un lado, a la tripleta formada por Miller, Ti- ffany y Vernon, y del otro a un tal Stevens, leyenda del tapete a quien todos conocen como “El Decano” (Stallone).

Obviamente, en ese partido -en el que llegarán a apostarse medio millón de dólares- se concentran toda la tensión, todas las trampas posibles y todos los intereses en juego. Por lo cual no es raro que, a poco de su desenlace, aparezcan por allí -además de los jugadores, que no son pocos- los matones enviados por el mafioso y un policía corrupto.

Toda buena película de poker tiene que tener un buen repertorio de tongos, un ojo más ligero que el espectador (no demasiado porque, si no, se pierde interés) y debe estar bañada por un savoir faire ultracool. Este incluye vestimenta, actitud y accesorios de los jugadores y también, sobre todo, un tempo dramático que debe fluir como una carta que se lanza a su debido tiempo y con la necesaria elegancia.

Autor también del guión, el debutante Naiman acierta, en líneas generales, al plantear escenas largas y sin apuro, que permiten adentrarse en el juego y respirar casi ese humo de habano fino, que inevitablemente impregna el aire de cada salón de juego. Aquí, el principal portador de habanos es Stallone, a quien le cabe el papel de veterano que vuelve.


 
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